«LAS DIEZ EN PUNTO» DEL SEÑOR WHISTLER – Oscar Wilde

(Continuación de : https://www.elvisortaller.com/las-diez-en-punto-del-senor-whistler/)

 

Pall Mall Gazette, 21 de febrero de 1885

 

Anoche, en Prince’s Hall, el señor Whistler hizo su primera aparición en público como conferenciante de arte, y estuvo hablando durante más de una hora con una elocuencia en ver­dad maravillosa acerca de la absoluta inutilidad de todas las conferencias de este tipo. El señor Whistler dio comienzo a su conferencia con una bonita aria sobre historia prehistórica, explicando que en tiempos remotos el cazador y el guerrero salían a cazar y a saquear mientras el artista se quedaba en casa fabricando tazas y cuencos para su vajilla. Al inicio no eran sino rudimentarias imitaciones de la naturaleza, como la güira, hasta que se desarrolló el sentido de la belleza y de la forma y, con exquisitez de proporciones, se creó el primer jarrón. Vino des­pués una civilización superior de arquitectura y bu­tacas, y con exquisito diseño y delicado envoltorio, las cosas útiles de la vida se volvieron preciosas; y el cazador y el guerrero se tumbaban en el sofá cuando se cansaban, bebían del cuenco cuando estaban se­dientos y nunca les preocupó pasar por alto la ex­quisita proporción del uno o el delicioso adorno del otro; y esta actitud del primitivo filisteo antropófago constituyó el grueso del texto de la conferencia y fue la actitud que el señor Whistler rogó a su público que adoptase hacia el arte. Recordando, sin duda, nu­merosas invitaciones deliciosas a estupendos pases privados, esta ele­gante reunión pareció horrorizarse bastante, y divertirse otro tanto, al oír que el más mínimo regocijo por las cosas bellas entre la gente civili­zada supone una seria impertinencia para todos los pintores; pero el señor Whistler estuvo implacable, y, con encantadora soltura y grácil estilo, explicó al público que lo único que debía cultivar era la fealdad, y que de su eterna estupidez dependían todas las esperanzas del arte en el futuro.

OSCAR WILDE

OSCAL WILDE

La escena fue en todos los res­pectos deliciosa; ¡ahí estaba, un Mefistófeles en miniatura, burlándose de la mayoría! Era como un cirujano brillante dirigiéndose a una clase compuesta por individuos destina­dos a la disección, asegurándoles so­lemnemente cuan valiosas son sus enfermedades para la ciencia y cuan falto de interés sería el menor sin- toma de salud por su parte. No obstante, para ser justo con el público, debo decir que parecía extre­madamente aliviado de librarse de la espantosa res­ponsabilidad de tener que admirar algo, y su entusiasmo fue insuperable cuando el señor Whistler dijo que por muy vulgares que fueran las vesti­mentas de los presentes, o por muy horroroso que fuera su entorno doméstico, era posible que un gran pintor, si es que existe semejante cosa, pu­diera, contemplándolos en penumbra y con los ojos entrecerrados, verlos bajo condiciones realmente pin­torescas y producir un cuadro que no debían si­quiera intentar comprender, mucho menos atreverse a disfrutar. Después lanzó unas cuantas flechas mor­daces y brillantes, con la rapidez y el esplendor de los fuegos artificiales, a los arqueólogos, que se pasan la vida verificando los lugares de nacimiento de uno u otro Don Nadie y calculan el valor de una obra de arte por su fecha o por su deterioro; a los

críticos de arte que tratan los cuadros como si fueran novelas, e intentan hallar la trama y lo consiguen; a los diletantes en general y a los amateurs en particular; y (¡mea culpa!) a los reformadores del vestir por encima de todo. «¿Acaso no pintaba Velázquez miriñaques? ¿Qué más quieres?»

Una vez entregada la humanidad al holo­causto, el señor Whistler se dirigió a la naturaleza y en breves instantes la declaró culpable del Palacio de Cristal, de los días festivos y del generalizado abarrotamiento de detalles, tanto en los omnibuses como en los paisajes; y después, en un pasaje de sin­gular belleza bastante similar a uno que aparece en las cartas de Corot, habló del valor artístico de los amaneceres y atardeceres oscuros, cuando los he­chos nimios de la vida se pierden entre efectos ex­quisitos y evanescentes, cuando las cosas comunes, quedan tocadas por el misterio y transfiguradas por la belleza, cuando los almacenes son como palacios y las altas chimeneas de la fábrica parecen campani­les en el aire plateado.

Por último, después de una enérgica protesta contra todo aquel que sin ser pintor juzgue sobre pintura, y de un patético llamamiento al público para que no se deje llevar por el movimiento estético a ro­dearse de cosas bellas, el señor Whistler concluyó su conferencia con un bonito pasaje sobre el Fuji­yama en un abanico, y se despidió con una reveren­cia de un público al que había logrado fascinar por completo con su agudeza, sus brillantes paradojas y, a veces, con una auténtica elocuencia. Por supuesto, con respecto al valor de los entornos bellos difiero totalmente del señor Whistler. Un artista no es un hecho aislado; es el resultante de un medio y un am­biente determinados, y tan imposible es que nazca de una nación carente de todo sentido de la belleza como que un higo brote de una zarza o una rosa flo­rezca en un cardo. Que el artista hallará belleza en la fealdad, le beau dans l’horrible, es hoy un lugar común de las escuelas, el argot del atelier, pero niego cate­góricamente que unas personas encantadoras deban ser condenadas a vivir con otomanas magenta y cor­tinas azul-Alberto en sus aposentos para que un pin­tor pueda observar los contrastes de la una y las gradaciones cromáticas de las otras. Y tampoco acepto la sentencia de que sólo el pintor es juez de la

pintura. Yo digo que sólo el artista es juez del arte; hay una gran diferencia. Mientras un pintor sea meramente un pintor, no se le debe permitir hablar de nada salvo disolventes y barnices, y sobre esos temas habría que obligarle a ser contenido; sólo cuando se convierte en .artista ocurre que se le revelan las leyes secretas de la creación artística. Y es que no hay muchas artes, sino una sola; el poema, el cuadro y el Partenón, el soneto y la estatua son todos, en su esencia, lo mismo, y quien conoce uno los conoce todos. Pero el poeta es el artista supremo, ya que es el maestro del color y de la forma; además, es el ver­dadero músico, y es señor de la vida toda y de todas las artes; y es así que al poeta, más que a ningún otro, le son dados a conocer estos misterios; a Edgar Allan Poe y a Baudelaire, no a Benjamin West y Paul Delaroche. Sin embargo, no disfrutaría yo de las con­ferencias ajenas si no discrepase en unos cuantos puntos, y la conferencia de anoche del señor Whis­tler fue, como todo lo que hace, una obra maestra. No habrá de ser recordada solo por su inteligente sá­tira y sus divertidas bromas, sino también por la pura y perfecta belleza de muchos de sus pasajes; pa­sajes pronunciados con una seriedad que parecía asombrar a quienes habían tomado al señor Whistler por un simple maestro de la charla frívola y no le conocían, como le conocemos nosotros, también como un maestro de la pintura. Porque en mi opi­nión es, sin duda, uno de los más grandes maestros de la pintura. Y añadiría que con esta opinión el pro­pio señor Whistler está completamente de acuerdo.

Traducido por Celia Montolío

Extraído de FLUOR:MAGAZINE ON CONTEMPORANY CULTURE, Nº2, 2012

www.fluormag.com