«LAS DIEZ EN PUNTO» DEL SEÑOR WHISTLER

James Abbott McNeill Whistler 

«LAS DIEZ EN PUNTO» DEL SEÑOR WHISTLER

Conferencia impartida en Londres, Cambridge y Oxford, 1885;

The Gentle Art of Making Enemies, 1892, pp. 135-159

Ilustraciones  Punch Magazine

 LAS DIEZ EN PUNTO DEL SR. WHISTLER

 

 

DAMAS Y CABALLEROS

Con gran vacilación y muchos recelos com­parezco ante ustedes en el papel de El Pre­dicador.

Si la timidez está aliada con la virtud de la mo­destia y puede hallar favor a los ojos de ustedes, les ruego que en aras de esta virtud me concedan su má­xima indulgencia.

Alegaría en mi defensa que no estoy acostum­brado, si no fuera porque, a juzgar por los prece­dentes, es ridículo pensar que nadie espere algo distinto de una redomada desfachatez en relación con la cuestión que me ocupa; y es que no les ocul­taré que me propongo hablar de Arte. Sí, de Arte -que en los últimos tiempos se ha convertido, gracias a la abundancia de debates y textos, en una especie de tema habitual de sobremesa.

¡Ha llegado el Arte a la ciudad! El galán le dará al pasar una palmadita en la mejilla, el dueño de la casa lo atraerá hasta el interior de sus muros y lo­grará con argucias que se deje ver por las visitas, como prueba de cultura y refinamiento.

Si la familiaridad puede ser madre del despre­cio, no hay duda de que el Arte -o lo que en la ac­tualidad pasa por él- ha sido llevado a su más bajo nivel de intimidad.

Se ha hostigado a la gente con toda guisa de Arte, y se la ha abrumado con métodos variopintos de hacerlo perdurar. Le han dicho que ha de amar el Arte y vivir con él. Se han invadido sus hogares, se han cubierto de papel sus paredes, incluso su vesti­menta se ha sometido a crítica -hasta que al fin la gente ha despertado y, desconcertada y llena de las dudas e inquietudes que resultan de las insinuacio­nes absurdas, se resiente ante tamaña intrusión y ex­pulsa a los falsos profetas que han sumido el nombre de lo bello en el descrédito y se han vuelto objeto de escarnio.

¡Ay! Damas y caballeros, el Arte ha sido ca­lumniado. Nada guarda en común con semejantes prácticas. El Arte es una diosa1 de exquisito pensa­miento; de costumbres reservadas, renuncia a toda prominencia y no tiene la menor intención de hacer que nadie mejore.

Está, por añadidura, egoístamente ocupada con su propia perfección, y nada más; no tiene el menor deseo de impartir lecciones;  busca y encuentra lo bello en toda circunstancia y en todas las épocas, como hizo su sumo sacerdote Rembrandt cuando vio pintoresca grandiosidad y noble dignidad en el barrio judío de Ámsterdam y no lamentó que sus ha­bitantes no fueran griegos.

Como hicieron Tintoretto y Paolo Veronese entre los venecianos, por cuanto no se detuvieron a cambiar los brocados de seda por los drapeados clá­sicos de Atenas.

Como hizo, en la corte de Felipe, Velázquez, cuyas Infantas, vestidas con antiestéticos guardainfantes, poseen, en tanto que obras de Arte, la misma calidad que los mármoles del Partenón.

Aquellos grandes hombres no fueron reforma­dores -¡no se dedicaban a mejorar las circunstancias ajenas! Sus producciones eran su única ocupación, y henchidos de la poesía de su ciencia, no necesita­ban cambiar lo que les rodeaba -pues, a medida que se les iban revelando las leyes de su Arte, veían, en el desarrollo de su obra, esa belleza auténtica que para ellos era tanto una cuestión de certeza y triunfo como lo es para el astrónomo la verificación del resultado que ha previsto gracias a la luz que sólo a él ha sido concedida. Así, su mundo se separó por completo del de aquellos semejantes suyos que con­funden el sentimentalismo con la poesía, y para los que no hay obra perfecta que no pueda explicarse por el beneficio que les confiere.

 

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La Humanidad ocupa el lugar del Arte, y las creaciones de Dios se justifican por su utilidad. La belleza se confunde con la virtud, y, ante una obra de Arte, se le pregunta: «¿Qué bien ha de hacer?»

De ahí que, en esta vida, la acción noble se una irrevocablemente al mérito de la obra que la representa; y en consecuencia, la gente ha adqui­rido el hábito de mirar, por decirlo así, no un cua­dro sino, a través de él. Un hecho humano que, desde un punto de vista social, habrá, o no, de mejorar su estado mental o moral. Así hemos llegado a oír hablar del cuadro que eleva y del deber del pintor; del cuadro transido de pensamiento y del panel que se limita a decorar.

Una creencia favorita, muy cara a los enseñan­tes, es que ciertos periodos fueron especialmente ar­tísticos, y que algunas naciones, que mencionan con nombre y apellido, destacaban por su amor al Arte.

Así, se nos dice que los griegos, considerados como un pueblo, rendían culto a lo bello, y que en el siglo quince el Arte estaba arraigado en las multitudes.

Que los grandes maestros vivían en común en­tendimiento con sus mecenas, que los antiguos ita­lianos eran artistas -todos ellos- y que la demanda de cosas bonitas llevaba a producirlas.

Que nosotros, hoy, en flagrante contraste con esta pureza arcádica, pedimos lo desgarbado y obte­nemos lo feo.

Que, si tan solo pudiésemos cambiar nuestros hábitos y nuestro clima -si estuviésemos dispuestos a vagar entre arboledas, si el calor abrasador nos for­zase a quitamos el sayal, si prescindiéramos de las prisas y viajásemos a poca velocidad-, volveríamos a requerir la cuchara de la Reina Ana, y pincharíamos los guisantes con el tenedor de dos dientes. Y así, van creciendo pequeñas aldeas cerca de Hammersmith para el rebaño, y se desprecia el caballo de vapor.

¡Inútil! ¡Vano y falso esfuerzo! Está cimentado en la fábula, y todo porque «responde un sabio con una ciencia de aire, hincha su vientre de solano»».

¡Escuchen! Jamás hubo un periodo artístico…

Jamás hubo una nación amante del Arte.

Al principio, los hombres salían a diario; algunos a batallar, otros a cazar; otros, a su vez, a cavar y escarbar en los campos, y todo ello para ganar y vivir o perder y morir. Hasta que asomó entre ellos uno que era diferente, uno a quien no atraían las actividades del resto y se quedaba en el campamento con las mujeres, trazando extrañas figuras sobre una güira con un palo quemado.

Aquel hombre, a quien no procuraban dicha las costumbres de sus hermanos, a quien nada im­portaban las conquistas y se abrumaba en los cam­pos; este dibujante de extraños diseños, este inventor de lo bello que percibió enla Naturalezade su entorno curiosas formas, del mismo modo que se ven rostros en el fuego… este soñador disanto fue el pri­mer artista.

Y  cuando, de los campos y de lejos, volvieron todos, cogieron la güira -y bebieron de ella.

Y pronto se allegó hasta él otro hombre; y con el tiempo, otros de igual naturaleza, elegidos por los Dioses: y trabajaron juntos: y pronto crearon, de la tierra humedecida, formas que se asemejaban a la güira. Y con el poder de la creación, que es el legado del artista, pronto fueron más allá de la desaliñada sugerencia de la Naturaleza y nació el primer jarrón, de bellas proporciones.

Y labraban los laborantes, y sentían sed; y los héroes regresaban de flamantes victorias para con­tentarse y festejar: y todos sin excepción bebían de las copas de los artistas, de ingeniosa factura, sin ad­vertir en ningún momento el orgullo del artífice ni entender su ufanía por el trabajo realizado; y bebían de la copa no por elección ni porque fueran cons­cientes de que era bella, sino porque, en verdad, ¡no había ninguna otra!

Y el tiempo, al producir más jerarquía, trajo una mayor capacidad para el lujo, y se vio bien que los hombres morasen en casas grandes, reposaran en le­chos y comiesen en mesas; con lo cual el artista, con ayuda de sus artífices, construyó palacios y los llenó de muebles, de bellas proporciones y gratos a la vista.

Y la gente vivía en maravillas de arte; y comía y bebía de obras maestras, porque no había nada más de donde comer y beber, ni mala vivienda en la que vivir; ningún artículo cotidiano, de lujo o nece­sario, que no procediese del plan del maestro y que no hubiese sido hecho por sus trabajadores.

Y la gente no se cuestionaba nada, y no tenía nada que opinar al respecto.

 

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Así que Grecia estaba en todo su esplendor, y el Arte no tenía rival -a fuerza de hechos, no por elección- ni se inmiscuía ningún intruso. Tan lejos habría estado el poderoso guerrero de aventurarse a ofrecer un modelo para el templo de Pallas Atenea como el poeta sacro de presentar un plan para cons­truir la catapulta.

¡Y nada se sabía del Amateur, y el Diletante era impensable!

Y la historia siguió escribiendo, y la conquista acompañó a la civilización, y el Arte se expandió o, mejor dicho, los vencedores repartieron los produc­tos del Arte entre los vencidos, de un país a otro. Y las costumbres cultivadas cubrieron la faz de la tie­rra, de manera que todos los pueblos siguieron uti­lizando lo que únicamente el artista producía.

Y de esta guisa fueron pasando los siglos y el mundo se inundó de todo lo que era bello, hasta que surgió una clase nueva que descubrió lo barato y va­ticinó riqueza en la creación de farsas.

Entonces, de la noche a la mañana, apareció lo charro, lo común, la baratija.

El gusto del comerciante sustituyó a la ciencia del artista, y lo que había nacido del vulgo al vulgo re­gresó, y le encantó, porque estaba hecho a su medida; y el gran hombre y el pequeño, el estadista y el esclavo, se apropiaron de la abominación que se les ofrecía, y la prefirieron -¡y desde entonces han vivido con ella!

Y la ocupación del artista desapareció, y el fa­bricante y el mercachifle ocuparon su lugar.

Y ahora los héroes escanciaban de las jarras y bebían de los cuencos con conocimiento, obser­vando el resplandor de su nuevo coraje y orgullosos de su valor.

Y la gente -esta vez- opinó mucho al respecto, y todos quedaron satisfechos. Y Birmingham y Manchester se alzaron con todo su poderío -y el Arte fue relegado a la tienda de objetos curiosos.

La Naturaleza contiene los elementos, en, lo que a color y forma se refiere, de todos los cuadros, de la misma manera que el teclado contiene las notas de toda la música.

Pero el artista ha nacido para seleccionar estos elementos, elegirlos y agruparlos con ciencia de manera que el resultado sea bello, al igual que el músico, reúne sus notas y forma sus acordes hasta extraer del caos una espléndida armonía.

Decirle al pintor quela Naturalezaha de aceptarse tal y como es, es decirle al instrumentista que se puede sentar sobre el piano.

Que la Naturaleza siempre tiene razón es una afirmación falsa en términos artísticos, cuya verdad, sin embargo, se da universalmente por supuesta. La Naturaleza rara vez tiene razón, incluso hasta el punto de que casi cabría decir que la Naturaleza se suele equivocar: pues la circunstancia de que haya cosas que ocasionen esa perfecta armonía merece­dora de un cuadro es rara y nada común.

Esto parecería, incluso a los más inteligentes, una doctrina casi blasfema. Tanto se ha amalgamado con nuestra educación el supuesto aforismo, que creer en él se considera parte de nuestro ser moral, y las palabras mismas suenan, en nuestros oídos, a religión. Con todo, pocas veces logra la Naturaleza producir un cuadro.           .   •

El Sol resplandece, el viento sopla del este, ni una nube hay en el cielo, y fuera todo es hierro. Se pueden ver los ventanales del Palacio de Cristal desde todos los rincones de Londres. El veraneante se regocija ante tan espléndido día, mientras que el pintor se aparta para cerrar los ojos.

Que esto casi nadie lo entiende, y que lo que la Naturaleza, tiene de intranscendente se considera, por obligación, sublime, se desprende de la admira­ción sin límite que a diario despierta una ridícula puesta de sol.

La dignidad de la montaña nevada se pierde si hay nitidez, pero la alegría del turista consiste en dis­tinguir al viajero que está en la cima

El deseo de ver  por el mero hecho de ver es, para las masas, el único que hay que satisfacer; de ahí el placer por el detalle.

Y cuando la neblina del atardecer envuelve la ribera en poesía, como con un velo, y los magros edificios se desvanecen en el cielo nublado; cuando las altas chimeneas se convierten en campaniles y los almacenes en palacios en plena noche, y la ciudad entera queda suspendida del cielo y surge ante nosotros el país de las hadas… entonces el viajero regresa apresuradamente al hogar; el obrero y el hombre cultivado, el sabio y el que se entrega a los placeres, dejan de entender, porque han dejado de ver, y la Naturaleza, que por una vez ha cantado sin desafinar, canta su exquisita canción solamente al ar­tista, que es su hijo y su señor -su hijo porque la ama, su señor porque la conoce.

Es a él a quien ha revelado sus secretos, a él a quien sus lecciones parecen cada vez más claras. El artista contempla la flor no con la lupa con la que re­cogería datos para el botánico, sino con la luz de quien ve, en su selecto repertorio de tonalidades brillantes y delicados matices, sugerencias de futuras armonías.

No se limita a copiar sin ton ni son, irreflexi­vamente, cada brizna de hierba, como recomiendan los inconsecuentes, sino que, en la larga curva de la estrecha hoja, corregida por el recto y largo tallo, aprende cómo se casa la gracia con la dignidad, cómo la fortaleza realza la dulzura para dar como re­sultado la elegancia.

En el ala citrina de la pálida mariposa, con sus primorosas manchas anaranjadas, ve ante sí majes­tuosas salas de oro puro con esbeltas columnas de color azafrán, y aprende que el delicado dibujo que hay en lo alto de los muros debe trazarse en suaves tonos de oropimente y repetirse en la base con to­ques de un tono más oscuro.

En todo lo que es exquisito y adorable halla su­gerencias para sus propias combinaciones; la Natu­raleza es siempre su recurso y está siempre a su servicio; a él nada le es negado.

A través de su cerebro, como a través del úl­timo de los alambiques, se destila la refinada esen­cia de aquella idea que empezó con los Dioses y que éstos le entregaron para que la llevase a cabo.

Distinguido por los Dioses para que completase sus obras, produce una obra maestra, que supera en perfección todo lo que ellos han logrado en eso que se llama Naturaleza: los Dioses se quedan mirando y se asombran, y perciben cuánto «mas bella es la Venus de Milo que su propia Eva.

Hace tiempo que el escritor independiente se ha convertido en intermediario de esta cuestión del Arte, y su influencia, a la vez que ha ensanchado el abismo entre la gente y el pintor, ha dado pie a un absoluto malentendido en lo que al objetivo del cua­dro se refiere.

Para él, un cuadro es más o menos un jeroglífico o un símbolo de una historia. Aparte de unos cuantos términos técnicos, que siempre encuentra ocasión de exhibir, considera la obra absolutamente desde un punto de vista literario; pues ¿desde cuál otro podría considerarla? Y en sus ensayos se ocupa de ella como si se tratase de una novela, una historia o una anécdota. Es completa y naturalmente incapaz de apreciar sus excelencias o sus deméritos -los artísticos- y en consecuencia degrada al Arte, i al suponer que es un método de ocasionar un clímax literario.

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Así pues, en sus manos el Arte se convierte en un mero medio de perpetrar algo más, y su misión se vuelve secundaria, al igual que un medio es se­cundario a un fin.

Los pensamientos enfatizados, sean nobles o no, se unen inevitablemente a lo incidental, y se vuelven más o menos nobles según sea la elocuencia o la calidad mental del escritor, que no deja de contemplar con desdén lo que considera que es «mera ejecución» -asunto éste que, a su juicio, corresponde a la forma­ción que se imparte en las escuelas y es la recompensa de la asiduidad. De modo que, a medida que conti­núa traduciendo del lienzo al papel, la obra se vuelve suya. Encuentra poesía donde la sentiría si el mismo estuviese transcribiendo el aconte­cimiento, invención en la compleji­dad de la puesta en escena y noble filosofía en cualesquiera detalles de filantropía, coraje, modestia o vir­tud que le sugiera el episodio.

Quizá sea un cuadro pésimo el que le presente todo esto y atrai­ga a su imaginación -de hecho, po­dría decir sin temor a equivocarme que por lo general es así.

Mientras tanto, la poesía del pintor le pasa completamente desapercibida -la asombrosa inventiva que logra una armonía entre forma y color tan perfecta que deviene ex­quisitez, no la entiende; la nobleza de pensamiento que confiere la dignidad del artista a la totalidad, no le dice absolutamente nada.

Así que se divulgan sus ala­banzas como si fueran virtudes que nos sonrojaría poseer; mientras que las grandes cualidades que dis­tinguen la obra única de otras miles, que hacen de la obra maestra el objeto bello que es, no se han visto nunca.

De que esto es así nos podemos cerciorar echando un vistazo a viejas reseñas de exposiciones, pasadas y leyendo las lisonjas que se han prodigado a hombres que, desde entonces, han caído en el más completo de los olvidos, pero cuyas obras han sido objeto de tantas rapsodias que el lenguaje se ha ago­tado, sin dejar palabras para la National Gallery. Una cuestión curiosa, en lo que respecta a su efecto sobre el juicio de estos caballeros, es el vocabulario aceptado del simbolismo poético, que les ayuda, a fuerza de hábito, a abordar la Naturaleza: una montaña, para ellos, es sinónimo de alteza; un lago, de profundidad y un océano, de vastedad; el Sol, de gloria.

De manera que un cuadro con una montaña, un lago y un océano -por mal pintado que esté-es inevitablemente «majestuoso», «vasto», «infinito» y  «glorioso»… sobre el papel.

También están aquellos, de semblante sombrío y sabios con la sabiduría de los libros, que frecuen­tan los museos y hurgan en criptas; que coleccionan, comparan, compilan, clasifican, contradicen.

Expertos éstos para los que una fecha es un logro, ¡un marchamo de calidad, el éxito!

Son meticulosos en el análisis y concienzudos en sus juicios; establecen, con el peso que merecen, reputaciones sin importancia; descubren el cuadro por la mancha que tiene al dorso; comprueban el torso por la pierna que falta; llenan folios con dudas sobre la forma de este o aquel otro miembro; son discutidores y dictatoriales en lo que respecta al lugar de nacimiento de personas inferiores: especu­lan largo y tendido, por escrito, sobre la gran valía de obras malas.

Auténticos oficinistas de la colección, mezclan los memorándums con la ambición, y, reduciendo el Arte a estadística, ¡»archivan» el siglo quince y «ca­talogan» las antigüedades!

¡Y llega entonces el Predicador «designado»!

Desde lugares elevados, arenga y pontifica.

Sabio de las Universidades, erudito en muchas materias y con larga experiencia en todas salvo en su tema.

Exhorta, denuncia, dirige.

Le invaden la ira y el fervor.

Con dotes de persuasión y un lenguaje pulido, da prueba de… nada.

Está destrozado de tanto dar lecciones… sin nada que impartir.

Impresionante, importante, superficial.

Desafiante, consternado, desesperado.  –

Lanza un grito y se hace cortes… pero los dio­ses no le escuchan.

Gentil sacerdote de los filisteos, de nuevo se aleja plácidamente de toda concreción, y a través de muchas lecturas, huyendo del aserto científico; «charlaba sobre prados verdes».

Así ha llegado el Arte a confundirse absurda­mente con la educación: que todos tengan la misma capacitación.

Mientras que, si el lustre, el refinamiento, la cultura y la cuna no son argumentos a favor del re­sultado artístico, tampoco supone reproche alguno al más perfecto erudito ni al más ilustre caballero del país que carezcan por completo de ojo para la pin­tura o de oído para la música -que en su corazón prefieran la estampa popular al chirrido de la aguja de Rembrandt, o las canciones de la sala de espectá­culos a la «Sinfonía en Do menor» de Beethoven.

Que tenga el buen tino de decirlo y no piense que admitirlo es muestra de inferioridad.

El Arte ocurre; ni una casucha hay que este a salvo de él, ningún Príncipe lo puede dar por hecho, ni la mayor de las inteligencias puede hacer que ocu­rra, y los penosos esfuerzos por volverlo universal terminan en extraña comedia y burda farsa.

Así tiene que ser; y todos los intentos de cam­biarlo se deben a la elocuencia del ignorante, al celo del presuntuoso.

La línea divisoria está clara. Lejos estoy de pro­poner que se tienda un puente sobre ella para obli­gar a los abrumados a que lo crucen a empujones, ¡No! Quiero evitarles más fatigas. Antes acudiría en su auxilio y levantaría de sus hombros a este íncubo del Arte.

¿Por qué los ciegos, al cabo de tantos siglos sin Arte, de tantos siglos de indiferencia, han de impo­nérselo, hasta que, cansados y perplejos, no sepan ya cómo han de comer o de beber, cómo han de sen­tarse o levantarse o con qué han de vestirse… sin causar sufrimiento al Arte?

Pero ¡ay! ¡Se habla mucho por ahí!

Con tono triunfal gritan «¡Cuidado! Este asunto nos incumbe, y mucho. ¡Nosotros también participamos en todo Arte verdadero! -porque re­cuerden que «un toque de Naturaleza hace que todo el mundo sea afín».

Sin duda, esto es cierto. Pero no vaya el incauto a suponer alegremente que con esto Shakespeare le entrega el pasaporte al Paraíso y le permite hablar entre los elegidos. Más bien, sepan que con esta misma frase se condena a quedarse fuera -a permanecer con la plebe.

Este acorde único en el que todo reverbera, este «toque de Naturaleza» que pide en alto que todos respondan, que explica la popularidad de «El Toro” de Paulus Potter y disculpa el precio de la «In­maculada Concepción» de Murillo… esta simpatía tácita que recorre la humanidad es ¡la Vulgaridad!

¡La Vulgaridad -bajo cuya fascinante influencia «los muchos» han apartado de un codazo a «los pocos», plagando el refinado círculo del Arte con la ebria muchedumbre de la mediocridad, cuyos cabecillas parlotean, aconsejan y gritan allí donde antaño los Dioses susurraban!

Y ahora, de entre ellos, avanza con paso firme el Diletante. El amateur queda suelto. Resuena en el país la voz del esteta, y se cierne sobre nosotros la catástrofe.

El intruso atrae la venganza de los Dioses, y el ridículo amenaza a las bellas hijas de la tierra.

Y hay curiosos conversos a un extraño culto en el que todo instinto hacia lo atractivo, toda fres­cura, toda chispa, el encanto entero de la mujer, cede paso a una extraña vocación por lo desagradable -¡y esta profanación se hace en nombre de las Gracias!

¿Habrá de llamarse a sí misma artística esta mezcla demacrada, incómoda, afligida y avergon­zada de mauvaise honte y desesperada afirmación, y reclamar su parentesco con el artista que goza con la alegría exquisita, intensa y brillante de la belleza?

¡No! ¡Mil veces no! Aquí no tenemos parientes.

No queremos tener nada que ver con ellos.

Forzados a mostrarse serios para ocultar su va­cuidad, no se atreven a sonreír –

Mientras que el artista, en plenitud de ánimo e inteligencia, se alegra y ríe en alto, y es feliz porque es fuerte, y le resultan divertidas las pomposas pre­tensiones, la solemne tontería que le rodea.

Y  es que el Arte y la Dicha van juntos, con audaz franqueza la cabeza bien alta y la mano pre­parada, sin temer nada y sin miedo a exhibirse.

Sabed, pues, todas las mujeres hermosas, que estamos con vosotras. No hagáis caso, os rogamos, a este clamor de lo que nada os favorece, a este úl­timo llamamiento a lo feo.

No os incumbe.

Vuestro instinto se acerca a la verdad; vuestra inteligencia es una guía mucho más certera que las indoctas osadías de los Apolos de gruesos talones.

¡Cómo! ¿Seguiréis sin titubeos al primer flau­tista que os lleve por el mercado de Petticoat Lane, en sábado, a coger grises andrajos vetustos con los que engalanaros entre semana? ¿Para que, bajo vues­tra grotesca torpeza, nos resulte difícil encontrar a vuestras delicadas personas? ¡Qué vergüenza! ¿Es que el mundo está-exhausto? ¿Hemos de volver atrás porque el pulgar del charlatán señale en direc­ción contraria?

Disfrazarse no es vestirse.

¡Y los que se ponen ropa de guardarropía no pueden ser doctores en buen gusto!

Pues ¿con qué autoridad serán buenos maes­tros? Mirad bien: nada han inventado, nada han pre­parado en aras de lo bello.

De sus hombros cuelgan caprichosamente las prendas del vendedor ambulante; combinan en sus personas el polifacético atuendo del bufón con el re­voltijo del armario del actor de variedades.

A modo de advertencia y de señal de peligro, apuntan hacia el desastroso efecto del Arte en las cla­ses medias.

¿A qué obedece este desprecio del presente, este patetismo en referencia al pasado?

Si hoy el Arte es infrecuente, hasta ahora no lo era.

Es falsa, esta enseñanza de la decadencia.

El maestro no tiene ninguna relación con el momento en el que existe; es un monumento al ais­lamiento con aire de tristeza y ajeno al progreso de sus semejantes.

Tan lejos está de ser fruto de la civilización como lejos está la verdad científica aseverada de de­pender de la sabiduría de una época. La propia ase­veración precisa que un hombre la haga. La verdad lo fue desde el principio.

Así que el Arte está limitado a lo infinito, y puesto que empieza ahí, no puede progresar.

Un silencioso indicio de su díscola indepen­dencia respecto de cualquier avance extrínseco es que desde el comienzo de todas las cosas la condi­ción y la forma de su ejecución no ha cambiado ab­solutamente nada.

El pintor tiene el mismo lápiz; el escultor, el cin­cel de hace siglos.

Los colores no han aumentado desde que los tupidos cortinajes de la noche se descorrieran por vez primera y revelasen la belleza de la luz.

Ni el químico ni el ingeniero pueden aportar nuevos elementos de la obra maestra.

Una vez más, es falso el legendario vínculo entre la grandeza del Arte y las glorias y virtudes del Estado, pues el Arte no se alimenta de naciones, y  aunque los pueblos fuesen borrados de la faz de la tierra, el Arte es.

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¡Ya es hora de que desechemos el tedioso peso de la responsabilidad y la colaboración y sepamos que-nuestras virtudes no velan en absoluto por la valía del Arte, que nuestros vicios no suponen el menor impedimento a su triunfo!

¡Qué fastidiosa! ¡Qué desesperada! ¡Qué so­brehumana es la tarea que se ha autoimpuesto la na­ción! Qué sublimemente vana es la creencia de que si no vive con nobleza el arte habrá de perecer.

Tengamos la certeza de que en nuestra mano está elegir nuestra virtud. Para nosotros, el Artejo es una pose.

Diosa voluble y capri­chosa, su intenso sentido de la dicha no tolera el aburri­miento, y, por muy intacha­bles que sean nuestras vidas, puede que nos vuelva la espalda. ‘

Como, desde tiempos inmemoriales, ha hecho con -los suizos en sus montañas.

¡Qué pueblo tan encomiable! ¡Hasta el último de sus pasos alpinos bosteza de tradición y está surtido de no­bles historias; pero los retor­cidos y los desdeñosos nada quieren de esto, y a los hijos de los patriotas sólo les queda el reloj que hace dar vueltas al molino y el repentino cuco al que a duras penas se re­tiene dentro de su caja!

¡Para esto fue Tell un héroe! ¡Para esto murió Gessler!

Al Arte, esa cruel mujerzuela, no le importa, y se le endurece el corazón y marcha presta a Oriente para buscar, entre los come­dores de opio de Nanking, un favorito con el que acara­melarse; acaricia su porce­lana azul, pinta sus tímidas doncellas y marca sus platos con sus seis pinceladas pre­feridas, ¡indiferente, su compañía, a todo lo que no sea la refinada virtud de su favorito!

¡Él es quien la llama, él quien la abraza!

Y de nuevo a Occidente, para que su siguiente amante reúna en Madrid al público de la Galería y muestre al mundo cómo descolla el Maestro por en­cima de todos; y en la intimidad se deleitan, él y ella, con este conocimiento; y él conoce la felicidad que ningún otro mortal ha probado.

Ella está orgullosa de su camarada, y le pro­mete que en años sucesivos otros habrán de transi­tar ese camino, y que entenderán.

Así que la espléndida trata constantemente de encontrar al hombre que merezca su amor -el Artebusca solamente al Artista.

Allá donde él esté, aparece ella y con él se queda: amantísima y fructífera, no se aleja en mo­mentos de esperanzas diferidas, de insultos y proca­ces malentendidos; y cuando él muere ella levanta tristemente el vuelo, aunque se queda merodeando un poco en la tierra por cariño, si bien reacia a todo consuelo.

Con el hombre, pues, y no con la muchedum­bre tiene su intimidad; y son pocos los nombres ins­critos en el libro de su vida; parca, en efecto, la lista de los que han contribuido a escribir su historia de amor y belleza.

Desde la mañana soleada en la que, con es­pléndido abandono griego, reveló el secreto de la línea repetida al grabar juntos en mármol, la mano de él en la de ella, la rima acompasada de bellos miem­bros y vestiduras ondeando al unísono, hasta el día en que ella mojó el pincel del Español en luz y aire y logró que el pueblo de éste viviera dentro de sus mar­cos y se pusiera en pie sobre sus propias piernas, para que toda la nobleza y la dulzura, toda la ternura y la mag­nificencia fueran suyas por derecho propio, habían pasado siglos, y pocos habían sido los elegidos.

¡Innumerable, sin duda, la horda de preten­dientes! Pero ella no los conocía.

¡Una multitud ingente, bullidora, ajetreada, cuya virtud era la laboriosidad y cuya laboriosidad era el vicio!

Sus nombres llenan el catálogo de la colección de aquí, de la galería del extranjero, para deleite del viajante y del crítico.

¡Así que tenemos motivo para estar contentos y para expulsar toda inquietud, seguros de que todo está bien -tan bien como siempre- y de que no deben gri­tarnos ni instarnos a que tomemos medidas!

¡Ya hemos soportado bastante el aburrimiento!

Nos hemos hartado de llorar y nuestras lágrimas nos han sido arrancadas en falso, pues se han lamentado, cuando no había pesares y se han horrorizado cuando todo era bello!

No nos queda sino esperar -hasta que, seña­lado por los Dioses, vuelva a estar con nosotros el elegido, que habrá de continuar lo que ya ha pasado antes. Satisfechos de que, aun cuando nunca apare­ciese, la historia de lo bello ya está completa; tallada en los mármoles del Partenón y bordada, junto con los pájaros, sobre el abanico de Hokusai, al pie del Fujiyama.

 

1 Y así es como tenemos la efímera influencia de la memoria del Maestro -los rescoldos en los que se calientan, durante un ‘tiempo, el trabajador y el discípulo.

Traducido por Celia Montolío

Extraído de FLUOR:MAGAZINE ON CONTEMPORANY CULTURE, Nº2, 2012

www.fluormag.com